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MarViva en medios

Entre la marea y la pared

Costa Rica Marzo 21, 2017
Autor: José Pablo Román

La pesca ilegal llegó al Golfo de Nicoya para quedarse. Ahora son los mismos pescadores los que luchan por expulsarla.

Cayeron los primeros de la noche.

Jorge Villegas encendió el motor de Reina Sofía. Carlos Medina apuntaba con la linterna hacia el objetivo. Se veía la silueta, a lo lejos, de un bote que apenas se mecía con la brisa. Sobre la borda, apenas se distinguían dos cabezas, o quizá tres. Armando Espinoza repasaba en voz alta cómo enfrentarlos.

Al llegar, la linterna reveló el rostro de tres hombres.

En las madrugadas sobre el agua, en Puerto Níspero, cuando una embarcación se acerca a otra puede ser un guardacostas o un asalto. Ambas tienen algo en común: suceden poco y pueden terminar mal.

En este caso se trataba de un bote de turismo utilizado por los pescadores para evitar la pesca ilegal. No les queda de otra, la sobrexplotación del golfo los tiene contra la pared. Así que ahora, además de pescadores, la necesidad los nombró guardias de seguridad ad honorem.

-Van a tener que retirarse o llamamos al Guardacostas y les decomisan todo- amenazó Armando.

-Íbamos saliendo- soltó uno de ellos.

La linterna apuntó al trasmallo tendido sobre el agua en una zona de prohibición de redes. Uno de los pescadores se apuró a recogerlo.

Los dedos de los marineros son más hábiles que los peces: chocan contra el trasmallo, pero logran zafarse.

-Están en la Zona de Pesca Responsable. Acá dentro solo se permite pescar con cuerda – señaló Armando con el respaldo del amarillo intermitente de las boyas que indican los 2,7 km² del área en protección.

La luz fragmentada a través de las redes indicaba que el trasmallo ya estaba a bordo.

Prendieron el motor y sin despedirse se pusieron en marcha. Carlos tiró el ancla.

Cada cierto tiempo encendía la linterna y dirigía su halo hacia el bote para asegurarse que hacían caso, hasta que desembarcaron en un pueblo al otro lado del río.

Ninguno de los vigilantes del mar estaba armado. Y los dos motores que le robaron a Jorge tiempo atrás prueban que el agua puede ser un lugar inseguro. Aún así esta noche no llevan ni un machete.

La guardia recién comenzaba. No eran más de las ocho de la noche. A Jorge le había tocado ser de capitán; a Medina usar el ancla y ¡panga a la vista!; a Armando dirigir la expedición y asistir a Carlos. A la noche siguiente los roles estarían asignados a otros pescadores. Pasado mañana a otros. Siempre en grupos de tres.

Las rondas de vigilancia empiezan a las seis de la tarde y terminan hasta que amanece, con el fulgor que muestra la sarcástica relación entre la belleza del escenario con el oficio ajetreado de la pesca, o el arte, como ellos también la llaman.

La comandante Carmen Castro, jefa del Departamento Ambiental del Servicio Nacional de Guardacostas lo admite: la vigilancia de parte de las autoridades en el Golfo de Nicoya es, en una escala del 1 al 10, un 3.

Aunque con la oficina de guardacostas de Puerto Níspero inaugurada este mismo año esperan subir esa cifra.

La iniciativa de vigilar la Zona de Pesca Responsable se había decidido dos semanas atrás en el salón comunal de Níspero. A la reunión habían asistido 25 pescadores; 4 eran mujeres.

Un semicírculo desordenado de sillas de plástico dirigidas hacia la mesa en donde estaba Rafael Umaña; pescador, 56 años y dirigente comunal de la Asociación Comité Local de Pescadores de Puerto Níspero.

La asociación pertenece a La Red del Golfo. Un conjunto de comunidades pesqueras, que con la colaboración de la ONG MarViva, han logrado articularse para cuidar el patrimonio natural de la zona y enfrentar los diversos problemas que las aquejan.

Hace unas semanas los que creían en el proyecto no pasaban de diez. El resto no respetaba: pescaban con trasmallo dentro del área prohibida y utilizaban técnicas de pesca ilegal a lo largo de la desembocadura del río Tempisque.

Ahora el apoyo a la vigilancia llega hasta de comunidades vecinas. Los convenció la buena producción de las mareas anteriores.

Los pescadores hacen números : ¡Hace 20 años que no vemos una producción así de buena como la de las semanas pasadas!, dice Rafael, uno de los veteranos que lidera a los marinos.

El trabajo de las comunidades ha estado dando buenos resultados. La gente  está motivada y deciden no quedarse de brazos cruzados esperando a las autoridades.

-¡Por la protección del recurso que nos favorece!- lanzó uno.

-Hay que cuidar la mina que tenemos. Es una lástima que los jóvenes no la lleguen a ver- comentó otro.

-¡Necesitamos compromiso!- corearon los pescadores.

-¡Eso, compromiso!- repitió Rafael con su humilde postura de autoridad.

Y al final las manos comenzaron a levantarse.

-Yo puedo ir lunes.

-¡Martes!

-¡Miércoles!

…Y listo. Al día siguiente comenzaban las rondas. Todo el mundo apuntado.

Con una cuota mensual por pescador se cubrirían dos galones de combustible por noche y un bollo de pan, ese es el pago al vigilante del mar: un poco de gasolina y un bollo de pan a cambio de evitar que la pesca ilegal agote el recurso.

La eficacia de la comunidad contrasta con la pereza que ronda la oficina de Incopesca que fue construida en el 2016, pero que aún espera el visto bueno burocrático para comenzar a funcionar.

Entre los pies de los pescadores un perro paseaba. El salchicha no está desnutrido, tampoco ellos.

El problema no es la falta de alimento; sí las fuentes de empleo, el abandono institucional, la sobreexplotación del recurso, la pesca ilegal, la incertidumbre de depender de unos peces que nadan en aguas turbias y cuya presencia solo se comprueba al terminar la jornada: hielera llena o vacía.

El panorama de la pesca ilegal en el Golfo de Nicoya tiene con los pelos de punta a científicos y pescadores.

La presión al recurso es tal que parece estar empujando a ciertas especies a ingeniárselas para reproducirse antes de tiempo. Una suerte de precocidad sexual para no extinguirse.

Erick Ross, biólogo de MarViva, apunta que en los 80 la Universidad Nacional calculó que la corvina reina  necesitaba alcanzar una talla de 75 centímetros para comenzar a reproducirse.

Desde hace cuatro años los científicos observan que ahora esas corvinas se reproducen midiendo apenas 55 centímetros.

Puerto Níspero es un pueblo costero recostado sobre el interior del Golfo de Nicoya. En el día el sol pica. De noche la brisa no alcanza. El calor es un perro fiel.

De oeste a este hay poco que ver: algunas casas, una iglesia en forma de vivienda grande, la cancha de fútbol y un par de fincas privadas al lado de una carretera asfaltada. Atrás de los muros naturales, la desembocadura del río.

Cuando se vira a la izquierda se llega a la entrada de la comunidad. Un camino de piedras y polvo desciende hasta el puerto.

En ese trayecto hay menos de lo necesario: una escuela, el salón comunal, la pulpería de Marta que también es casa, la ventana en donde se compra la cerveza fría, el carro de Carlos que cuando no pesca hace de taxi, y una fila de fachadas pintadas casi todas con dos colores: blanco de la mitad para arriba y color pastel desteñido de la mitad para abajo. Todas lucen una antena de televisión satelital.

La decoración del camino son llantas recicladas en maceteros de colores que lucen rodeados de basura que esperan la llegada del camión recolector que, en Puerto Níspero, tiene la frecuencia de las estaciones, llega dos veces al año.

De vez en cuando un carro con altoparlante ofrece cursos de inglés, computación y un título de colegio en cuatro años. Nadie le presta atención. La oferta académica se reduce al título, no al conocimiento. Nadie presta atención. Si se nace en Puerto Níspero probablemente no se saque el colegio, tampoco nadie parece prestar atención.

El puerto es una especie de malecón de concreto.

Los basureros llenos de latas vacías de cerveza, redes de pesca en el suelo y en el mar botes anclados esperan la próxima marea. La vida de todos gira en torno a ese punto en específico: el agua y sus peces. Ahí es donde la economía se activa y donde los vecinos se reúnen durante todo el día.

“Recibidor Los 4 Vientos” es el privado. El otro es el de la asociación de pescadores. “Recibidores” es una manera elegante de llamarlos, lucen como míseras casuchas dispuestas al comercio.

En la pared del de la asociación hay un anuncio viejo firmado por la UCR con tintes de profecía: ¡Cuidemos al pez sierra!

Ademar Villegas, encargado del recibidor, recuerda la última vez que vio uno de esos hace casi 20 años.

En Puerto Níspero los planes de vigilancia son, a veces, como los trasmallos.

Los recibidores no cuestionan de dónde viene el producto que compran.

La Comandante Carmen Castro lo admite de nuevo: la mayoría de recibidores en el Golfo de Nicoya son ilegales. Aunque asegura que se está trabajando en mejorar esa cifra.

-¡En la lucha!- es la respuesta frecuente de los pescadores a los saludos.

Se preparan para ir a pescar. La carnada no se compra, se pesca. Es como trabajar horas extra en la noche y no remuneradas.

El motor listo. La carnada, la cuerda, los anzuelos listos. El desayuno y el termo de café, listos.

Los pescadores suben el ancla y desenredan las cuerdas que sujetan los botes al puerto. Salen en orden con la precisión necesaria para no quedar enredados entre sí.

Esos días ha estado picando corvina en el Refugio Nacional de Vida Silvestre Cipancí. Ahí se puede pescar siempre y cuando se haga con cuerda. El uso responsable de los recursos beneficia la producción de ambas zonas.

Apagan el motor para no espantar los peces y terminan de llegar remando. Se ubican en una fila para evitar que los anzuelos queden en las cuerdas de los otros pescadores.

Si no fuera por el Puente de la Amistad al norte y la antena telefónica al sur, parecería el medio de la nada.  A los lados, diferentes tonalidades verdes de manglar salado hacen contraste con árboles sin hojas como parches de la época seca.

Rafael agarra una sardina viva, le incrusta el anzuelo, la tira al agua y espera. Pesca un cuminate. Un golpe certero en la cabeza y ¡a la hielera!

Carlos Pineda se denomina el “cacique” de los pescadores. Pesca desde que era niño y ahora es el más viejo de Puerto Níspero. Él, junto al resto, decide probar suerte más cerca del puente.

El viento del norte alborota al río. A los que tienen un bote no se les complica. Rafael tiene una panga y el esfuerzo por moverse es mucho mayor. Decide quedarse en donde está.

De lejos, ve el reflejo del sol en las colas de las corvinas que pesca Pineda. Él espera, con su cuerda, mientras su panga se agita.

Al final de la jornada los pescadores pasan al recibidor. Pineda hizo 70 mil colones. Había sido un buen día.

Rafa se fue directo para su casa.

-¡Gracias a Dios por el trabajo!- agradece apenas se baja de la panga. Su mano sujeta el único cuminate que pescó, un pez de color plata vieja y con unos enormes bigotes que le salen de las branquias.

-¿Cómo te fue abuelo? ¿Vamos a comer ceviche?- lo recibe en su casa una de las nietas.

Él le dice a su esposa Mabel que van a almorzar sopa de pescado y le da el cuminate. A la niña le dice que le fue bien pero que otro día preparará el ceviche.

En la noche silenciosa Carlos ve algo. Armando le pide que levante el ancla. La embarcación parece estar lejos. Solo se distingue un punto luminoso cristalino.

Jorge enciende el motor.  A mitad de camino el punto se apaga. La grandeza del reptil les guiñe el ojo. Y quedan de nuevo meciéndose en medio de la desembocadura del río Tempisque.

Los montes se reflejan en las aguas que están serenas. Los rostros son un misterio. La luz de los celulares y la linterna a veces coinciden con las caras y dejan ver un moreno intenso, casi como carbón en el caso de Armando.

Al lado opuesto un contraluz en la montaña. Las plantas de Pintura Sur están encendidas. Una de las pocas fuentes de empleo en Puerto Níspero.

Carlos es joven y para él resulta una oportunidad.

-Uno se cae, se quiebra y ya la empresa tiene que pagarlo a uno como nuevo. Por eso no te contratan-  se queja Jorge por no ser un “carajo joven”.

Los pescadores nunca se muestran cansados. Son muy conscientes del costo de oportunidad.

-Va a llegar el momento en que uno ya no va a tener que cuidar- comentan.

En el atracadero de pueblo vecino observan que el bote que encontraron al inicio de la jornada sigue encendido.

-¡Claro! Se llevaron gran cantidad de pescado- asegura Armando.

Sobre uno de los puntos altos de Puerto Níspero una linterna parpadea. Es Rafael buscando el bote de vigilancia. Quiere asegurarse que cumplen con su labor. Medina responde.

Rafael hace una última ronda por el mirador que cuida todas las noches para ajustar su salario. Es afortunado. Encontró un trabajo que le permite ajustar cuando la pesca no le da.

Días antes el Inspector Peña de Incopesca había visitado la comunidad para hablarles de la veda: una vez al año se les prohíbe pescar a los pescadores durante un periodo aproximado de tres meses.

-Ustedes, con todo respeto, si no fuera por la pesca, se mueren de hambre- dice mientras trata de convencerlos de la importancia de respetar la veda.

Los pescadores asienten. No ven nada de raro en el comentario.

“Choricear” en una palabra común durante la veda. Significa actuar de forma ilegal. Algunos pescadores admiten que todos se han visto forzados a entrar al agua.

Es lógico: no pueden trabajar por tres meses y el subsidio que reciben del Estado a través del IMAS no puede ser mayor al 40% de un salario mínimo de trabajador no calificado. Es decir, no les alcanza.

Para recibir la cuota, que el año pasado fue de ¢145 mil mensuales, hay tres requisitos básicos: estar al día con el seguro, realizar un trabajo comunal de 30 horas por mes y no tener otra fuente de ingreso.

-Solo 20 pescadores están al día con la Caja. Y algunos tienen deudas de hasta un millón de colones- calcula Rafael.

Desde el punto de vista biológico, el periodo de veda tiene sentido. Es un respiro a las especies de interés comercial para que se reproduzcan. Aunque su efectividad es dudosa. La Comandante Carmen Castro lo admite otra vez: en el 2016 el precio del pescado no varió durante la veda.

Y si algo llega a lograrse, no vale de mucho. Una vez que termina el periodo de prohibición, la pesca ilegal hace retroceder lo que se logró. Así se lee en la evaluación de Incopesca sobre la veda del 2014.

Desde el punto de vista socioeconómico no tiene tanto sentido. Los pescadores no pueden pescar; pero tampoco pueden tener otro trabajo.

Por ese motivo Rafael debe mantener el secreto. No puede formalizar su trabajo. Ni mucho menos exigir sus derechos laborales.

-Esto es como una familia. El papá pone las reglas y los hijos las respetan – piensan en el Servicio Nacional de Guardacostas.

En la ronda de vigilancia ninguno de los tres vigilantes se escucha. El cambio de tono del cielo alerta a Jorge.

-¡Ey!

-…

-¡Ey!

-…

-¡¡Ey!! Ya es hora de volver.

Les había dado sueño. Lograron dormir un par de horas. Se levantaron del suelo del bote y vieron el golfo aclarecer.

Jorge encendió el motor de Reina Sofía. Carlos levantó el ancla. Armando es de Copal. Duerme durante días en un bote cerca de Puerto Níspero. Va pensando en voz alta que ya casi es hora de dejar la vigilancia y salir a pescar.

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